¿Es
posible alcanzar la felicidad como un estado permanente y una manera
de vivir la vida?
Definitivamente
sí.
Pero
para entender cómo llevar nuestra vida a un estado bienestar
y plenitud, para entender cómo vivir felices, debemos hablar
primero un poco sobre la felicidad.
Pensemos
un momento algo que parece obvio, aunque no lo es tanto, ¿qué
es la felicidad?
Evidentemente
no es fácil definirla, pero todos estaremos de acuerdo en que
se trata de algo que sentimos. Quizá este sentimiento vaya acompañado
de muchas otras cosas como una especial manera de pensar, o una actitud
particular, pero es un hecho que la felicidad es de alguna forma un
sentimiento.
También
podemos estar seguros de otra cosa: es un sentimiento positivo. Uno
que provoca una sensación placentera y que es cercano a la alegría,
a la sensación de plenitud y de gozo de la vida.
No
podemos definirla con claridad, porque no es posible reducir a palabras
el maravilloso mundo de los sentimientos, pero sí podemos entonces
decir, por lo menos, que la felicidad es un sentimiento positivo que
inunda nuestro ser cuando lo podemos alcanzar.
Ahora
bien, todos los sentimientos son en realidad fenómenos que se
crean en nuestro interior gracias a cierta forma particular de estimular
a nuestro cerebro. Si nuestra mente percibe que el mundo a nuestro alrededor
puede ser peligroso, activa una serie de estructuras cerebrales que
nos provocan el sentimiento de miedo. Por otro lado, si nuestra mente
percibe que nuestro mundo es un lugar de gran seguridad y abundancia
en cosas que nos hacen sentir bien, nos genera un sentimiento de bienestar,
seguridad y ánimo.
Lo
importante de este punto es el hecho de que los sentimientos no los
provoca el mundo exterior, sino que los crea nuestra mente. Es la mente
la que analiza lo que sucede en el mundo exterior y luego activa ciertas
zonas de nuestro cerebro para provocar la aparición de del sentimiento
que, según lo que la mente ha aprendido a lo largo de la vida,
resulta adecuado a la situación. Los sentimientos no existen
en el mundo físico exterior, son una creación de nuestra
psique.
Una
demostración simple: ¿por qué a un niño
del campo le puede resultar muy divertido un juguete que a un niño
de la ciudad no? No es el juguete lo que genera la alegría de
un niño, sino la manera en que su mente ha aprendido a reaccionar
cuando ve ese juguete. Si ha aprendido a verlo como algo novedoso, o
divertido, su mente le genera un sentimiento positivo. Si lo ha aprendido
a ver como un juguete pasado de moda o con el cual no sabe jugar, su
cerebro no le genera gusto cuando lo ve. Es la mente la crea los sentimientos,
no el mundo exterior.
Como
la felicidad es en última instancia un sentimiento, podemos entender
ahora que es nuestra mente la que la genera y no el mundo que nos rodea.
Es por esto que existen personas muy felices viviendo en circunstancias
en las que otras personas no pueden ser felices. La felicidad no depende
realmente del exterior, sino de los hábitos de nuestra mente.
Hablemos
ahora de la meditación, para entender su relación con
la felicidad. Meditar es el nombre general que se da a una amplia gama
de ejercicios y técnicas de manejo de la mente que comparten
una característica particular. Esta característica está
profundamente ligada al tema de la felicidad.
Meditar,
independientemente de la técnica o ejercicio del que se trate,
es una manera de hacer que la mente se desconecte por unos momentos
de su habitual manera de reacción frente al mundo exterior. Entre
muchas otras cosas, la meditación provoca que la mente deje de
generar sentimientos en relación con el mundo externo mientras
se realiza el ejercicio y en lugar de ello, activa los circuitos y estructuras
cerebrales que provocan sentimientos de bienestar, tranquilidad, ánimo,
alegría y muchas otras emociones positivas.
Conforme
más se practica un ejercicio de meditación, más
fácil se genera el efecto de bienestar y más se independiza
la mente de los estímulos que le provocan a generar sentimientos
displacenteros. Además, conforme más se practica la meditación,
más intensos, duraderos y abarcadores se convierten los sentimientos
positivos que genera.
Imaginemos
ahora que nuestra mente empezara a generar emociones de alegría,
bienestar, seguridad y demás emociones positivas más a
menudo en nuestra vida cotidiana. Imaginemos que poco a poco esas emociones
se van haciendo más y más intensas, de manera tal que
las podemos saborear con mucha facilidad y las sentimos claramente cada
vez que las genera nuestra psique. Imaginemos también que esas
emociones se tornan más duraderas durante el día y sobre
todo que ese estado de ánimo alegre, positivo, de paz, confianza
y seguridad casi no se altera cuando en el mundo exterior suceden cosas
que normalmente nos harían sentir mal. Nos hemos vuelto casi
inmunes a que se rompa nuestro estado de bienestar emocional.
Piensa
ahora que cuando tienes un problema o una situación que resolver,
esa energía positiva y el ánimo que tienes te hacen actuar
con más fuerza, con más capacidad, pero sin perder una
sensación positiva que permite disfrutar todo lo que estás
haciendo en la vida. En lugar de sufrir los problemas, los enfrentas
con ánimo y actúas. Y al final, tus sentimientos de bienestar
siguen ahí, estables, profundos, intensos, duraderos. Te sientes
alegre, fuerte, con paz, saboreando y disfrutando la vida. ¿No
es eso una buena manera de describir a alguien feliz?
La
meditación, cuando es realizada como debe ser, es en muchos sentidos
un arte para generar emociones positivas y útiles sin perder
el contacto con la realidad, pero sin ser esclavo de lo que sucede en
la realidad. Es una de las más poderosas fuentes de sentimientos
positivos, estables y profundos que van abarcando todas las áreas
de nuestro ser y de nuestra vida. Un ejercicio bien diseñado
de meditación es un verdadero camino al autodescubrimiento, al
conocimiento de la vida y a la felicidad… real y permanente.